Un método de investigación sistemática de la defensa en el lenguaje del paciente desde la perspectiva freudiana

David Maldavsky

 

Resumen

            El trabajo tiene cinco partes: I. Objetivos de la investigación y marco teórico, II. Inventario y agrupamiento de las defensas, III. Hipótesis-puente, IV. Propuestas instrumentales, V. Visión de conjunto. Cada parte contiene una discusión interna que culmina en decisiones metodológicas. La exposición central se desarrolla en el apartado IV. Consiste en una tentativa de distinguir entre las defensas normales y patógenas tomando en cuenta las posiciones posibles del relator en las escenas que describe. El método permite detectar: a) si la defensa es normal o patógena, b) el tipo de defensa patógena, c) su estado (éxito o fracaso), d) la prevalencia de algunas defensas sobre otras, e) los cambios en las defensas durante el tratamiento.

 

Summary

            This paper has five parts: I. Research aims and theoretical frame, II. Inventory and clusters of defenses, III. Bridge-hypothesis, IV. Instrumental proposals, V. Overview. Each part has an internal discussion arriving at methodological decisions. Central exposition occupied part IV: an essay on distinguish between normal and pathological defenses taking in account the  position of speaker in the scenes he/she describes. The method detects: a) if defense is normal or pathological, b) the type of pathological defense, c) its state (successful or not), d) the prevalence of some defenses, e) the changes in defenses during the treatment.

 

Resumo

 

I. Relevancia del tema, objetivos de la investigación, marco teórico

A lo largo de diferentes investigaciones he propuesto (----) un método de investigación del relato desde la perspectiva psicoanalítica. Dicho método se ha centrado en una hipótesis freudiana de enorme importancia, la de la erogeneidad. He realizado primero un inventario de dichas erogeneidades: LI: Libido intrasomática -cuando la libido inviste los órganos internos, sobre todo corazón y pulmones, al comienzo de la vida posnatal (Freud, ----)-, O1: Oral primaria, O2: Sádico oral secundaria, A1: Sádico anal primaria, A2: Sádico anal secundaria, FU: Fálico uretral; FG: Fálico genital. Luego describí cómo son los relatos prototípicos para cada una de estas siete erogeneidades. Para aludir a esta forma específica de expresión de cada erogeneidad en el discurso propuse (----) el término lenguajes del erotismo, de cuño freudiano.

Este método puede constituir un paso adelante desde múltiples perspectivas: 1) crear un puente entre investigación conceptual e investigación empírica, 2) facilitar las investigaciones metapsicológicas, psicopatológicas, técnicas y clínicas. En este último plano con dicho método es posible investigar los relatos y detectar lo común y lo diferente en cuanto a la expresión de la erogeneidad. Es posible reunir discursos de pacientes entre sí y discursos de pacientes con textos de carácter no clínico, en la medida en que coinciden en cuanto a la erogeneidad que manifiesten. Estas reuniones permiten además enriquecer y refinar el método, hallar afinidades y diferencias. Pero a poco andar se advierte que este avance requiere de otros pasos; es decir, se manifiestan sus insuficiencias. Estas son especialmente notorias no tanto cuando buscamos semejanzas y afinidades sino cuando se nos hace necesario investigar las diferencias. Estas pueden ser de tres tipos: 1) entre los discursos de dos pacientes que poseen el mismo lenguaje del erotismo central, 2) entre el discurso de un paciente y el texto de un literato con idénticas coincidencias, 3) entre las sesiones iniciales y las finales de un paciente que ha tenido una evolución clínica. Para dar cuenta de algunas diferencias el método ya expuesto revela poseer ciertas recursos. En efecto, el método está propuesto para captar combinatorias entre relatos que expresan diferentes erogeneidades, así como relaciones entre ellas, y sus cambios. Por este medio podemos distinguir entre dos pacientes, ya que en uno el relato que expresa un erotismo central se complementa con otros dos, mientras que en el otro paciente el primero de los relatos queda matizado por otros tres, que no coinciden con los dos del primero. También podemos distinguir por un medio similar, quizá algo más refinado, entre los relatos de las sesiones iniciales y finales de un tratamiento. En esta otra ocasión podemos advertir que los relatos expresan en uno y otro período las mismas erogeneidades, pero que ha cambiado la posición respectiva, en el sentido de que alguno de ellos, que al comienzo se expresaba como subsidiario, poco importante, pasa a tener luego un carácter hegemónico, quizá de modo transitorio, quizá de manera permanente. En consecuencia, el método puede responder (tal vez un poco forzadamente) a la exigencia de dar cuenta de algunos de los hechos en su especificidad. Pero no parece poder dar cuenta de otra de las diferencias antes mencionadas: entre el relato de un paciente y un texto literario. En efecto, en mi tesis de doctorado (1975) me dediqué a comparar el discurso de Borges con el de un paciente esquizofrénico, y hallé que ambos poseen relatos con numerosos rasgos en común en cuanto a una de las erogeneidades en juego (oral primaria). Podría continuar el análisis diciendo que tanto Borges como un paciente psicótico comparten no solo ese erotismo expresado en el relato, sino otros dos, y con las mismas jerarquías relativas. En este punto se advierten más claramente las limitaciones del método ya expuesto: hay diferencias que solo pueden ser entendidas si se toma en cuenta otra perspectiva, la de la defensa, cuya investigación sistemática, a su vez, requiere del desarrollo de nuevas propuestas metodológicas. Este es, precisamente, el objetivo del presente texto.

La investigación sistemática de la defensa tiene repercusión al menos en cuatro marcos: teórico, psicopatológico, técnico, clínico. En cada uno de ellos tiene un valor específico. La teoría de la defensa es inseparable de la teoría de la pulsión. En efecto, la defensa es para Freud (1915c) un destino de pulsión en un yo. Estas hipótesis fueron expuestas por Freud respecto de la trasformación en lo contrario, la vuelta contra la propia persona, la represión, la sublimación, la formación reactiva, la identificación, la proyección y muchos otros mecanismos, normales o patógenos. Respecto de la desmentida y la desestimación, las cosas no están tan claras. En principio, son defensas que se oponen a la realidad y/o a la instancia paterna, y entonces, en principio, podemos decir que tales mecanismos son destinos en el yo no de la pulsión sino de la realidad y/o del superyó-ideal del yo. Sin embargo, al mismo tiempo son defensas que, con ciertas trasformaciones, dejan libre curso a la pulsión, y en este sentido son también un destino en el yo de esta. Esta hipótesis permite ubicar en un marco metapsicológico la cuestión de la defensa.

Estas hipótesis se ensamblan con los estudios sobre las estructuras yoicas (yo real primitivo, yo placer purificado, yo real definitivo, superyó), su grado de complejidad, su entramado representacional, los tipos de afecto, las identificaciones, el valor de la percepción, de la motricidad, de las funciones psíquicas. En relación con el yo, la teoría de la defensa se combina, según Freud (1924b), con la del conflicto que este tiene con sus tres amos (pulsión, realidad, superyó). Como no siempre el yo puede hallar transacciones aceptables entre estos amos en pugna, debe colocarse a favor de unos y contra otro. Si bien ambas perspectivas de la defensa corresponden a un plano teórico, una de ellas posee un alto grado de generalidad (destino de pulsión) y la otra (oposición a uno de los amos del yo) una abarcatividad algo menor, ya que plantea la cuestión de su diversidad.

Las defensas así consideradas tienen una meta genérica y otra específica. Hasta ahora nos referimos a la específica: cada una se opone, de manera diversa, a uno de los amos del yo. En cuanto a la meta genérica, consiste en mantener algún tipo de equilibrio libidinal narcisista, tanto más misterioso cuando la defensa consiste en oponerse a la tensión de las pulsiones de vida, en agotar la energía de reserva. Sea como fuere, si deseamos evaluar el estado de una defensa, es decir si es o no exitosa, debemos tomar en cuenta si se han logrado ambas metas. Puede ocurrir, en efecto, que solo una de ellas se alcance (oponerse a uno de los amos del yo), pero no la otra (y por lo tanto que el esfuerzo de la defensa, ligado al mantenimiento del narcisismo, tenga una resolución insatisfactoria).

La segunda definición de la defensa (oposición a uno de los amos del yo), a su vez, abre el camino a la consideración de los mecanismos en las estructuras clínicas. En efecto, el enfoque freudiano de la defensa en el marco del conflicto del yo con sus tres amos constituye un aporte central en las investigaciones y categorizaciones psicopatológicas. Según cuál defensa prevalezca, cambia la estructura clínica. Las defensas opuestas a la pulsión y al deseo están comandadas por la represión (como en las neurosis de transferencia), las opuestas a la realidad son básicamente la desmentida y la desestimación (como en las estructuras narcisistas psicóticas y no psicóticas), y las dirigidas contra el superyó pueden ser cualesquiera de estas tres (represión, desmentida, desestimación), según el sector del superyó con el cual se desarrolle el conflicto: si el superyó es representante del deseo, predomina la represión (como en la histeria de conversión), y si es representante de la ley, prevalece la desmentida o la desestimación (como en las estructuras narcisistas). Además, Freud (1923b) sostuvo que existe otro nivel de la defensa, entre las pulsiones. De estas afirmaciones deriva la consideración de una defensa de la pulsión de muerte contra Eros: una tendencia a vaciar a lo anímico de toda energía de reserva, a dejar al yo exangüe. La defensa es entonces la desestimación del afecto, propia de las patologías tóxicas y traumáticas.

            También la teoría de la defensa cobra importancia cuando evaluamos tratamientos. Podemos distinguir entre tres criterios de evaluación de procesos psicoanalíticos. Uno de ellos es descriptivo: mejoría en los síntomas, los rasgos de carácter, el malestar que aqueja al paciente. Otro criterio de evaluación deriva del establecimiento de parámetros específicos, como el logro o el incremento del insight, o la mejoría de la calidad de los vínculos afectivos y/o laborales. Un tercer criterio es el estudio de los cambios en las defensas. Se podría sostener que a menudo los dos primeros criterios (sintomático y parámetros específicos) son un indicio del tercero, y que la modificación de un rasgo patológico de carácter, por ejemplo, es una expresión del cambio en la defensa. Algo similar se podría decir respecto del incremento del insight. Pero no siempre un cambio sintomático o un incremento en el insight va acompañado de una modificación en la defensa. Existen cambios sintomáticos derivados de la sugestión, de la maduración vital, de la modificación de circunstancias ambientales, y no de la sustitución de la defensa patógena por una más benigna. En cuanto al incremento del insight, es, al menos para Freud (----), un primer paso, una condición para el cambio de la defensa, y a veces el proceso terapéutico puede no avanzar desde este requisito hasta su consecuencia, es decir, hasta el cambio estructural. Además, un cambio sintomático o caracterológico y/o un incremento del insight no constituyen en sí mismos una garantía de que las modificaciones derivadas del esfuerzo terapéutico persistan a lo largo de un tiempo razonablemente extenso. En cambio, la sustitución de una defensa patógena por otra más benigna resulta un mejor indicio de una mayor estabilidad de los cambios clínicos. Obviamente, cuando se conjugan los tres factores (cambio en la defensa, insight, mejorías sintomáticas y/o caracteriales) los indicios con que contamos para inferir el éxito o fracaso del tratamiento son más sólidos.

            En cuanto al cambio en la defensa patógena por otra más benigna, es el objetivo central de un tratamiento, al menos según lo proponía Freud. Por ejemplo, el levantamiento de la represión y la sustitución por la condena por el juicio es para Freud (----) la meta del tratamiento en las neurosis de transferencia. Si la defensa patógena dominante es otra (como en las psicosis, por ejemplo), también lo es el objetivo clínico. Colegir la defensa resulta central para definir una estrategia clínica: hacia dónde apunta el proyecto del terapeuta, cómo establece su posición (cómo escucha), cómo interviene y qué le solicita al paciente. Si la defensa central del paciente es la represión, como en las neurosis de transferencia, el terapeuta se ha fijado una forma de escucha (la atención libremente flotante) y le propone al paciente un tipo de discurso (la asociación libre), que son el complemento de la meta clínica: la remoción del mecanismo patógeno. Pero si la defensa dominante es la desestimación de la realidad y de la ley, de la instancia paterna (psicosis), la posición del analista difiere de la atención flotante, y no parece razonable pedirle al paciente (que puede estar inmerso en estados de terror o en crisis de violencia enceguecida) que asocie libremente. La consideración de la defensa patógena dominante resulta fundamental a la hora de evaluar estrategias clínicas, las cuales tienen un peso mayor que la evaluación de la técnicas específicas. Por ejemplo, resulta menos importante decidir si es preferible una interpretación transferencial, una histórica o una referida a la situación actual de un paciente, que decidir si la orientación global del terapeuta es la acertada. En efecto, a veces el problema es que el terapeuta se ha centrado en la consideración de un deseo (supuestamente reprimido) del paciente en lugar de prestar atención sobre todo a su rechazo (desestimación) de la realidad y de la instancia paterna, que parece dar al caso clínico en cuestión la tónica dominante.

            Con esta exposición pretendo ubicar a la teoría de la defensa en cuatro marcos diversos: metapsicológico, psicopatológico, clínico y técnico, en que pueden desarrollarse otras tantas propuestas de investigación. Todas estas investigaciones exigen un pasaje desde las hipótesis teóricas a las ligadas a las manifestaciones. Lograr el nexo entre ambos conjuntos de hipótesis, de importancia central en la investigación, requiere de una argumentación cuidadosa y fina, y constituye uno de los objetivos de este trabajo.

            Como nuestro interés consiste en construir un instrumento para la investigación de la defensa, sobre todo de la defensa central, conviene que expongamos los interrogantes que pretendemos que este método nos ayude a responder: 1) cuál es la defensa dominante en juego, 2) si la defensa es normal o patógena, 3) si, siendo patógena, es exitosa o ha fracasado; 4) si, habiendo una coexistencia entre varias defensas, se da una relación detectable entre ellas, 5) si es posible inferir los cambios en las defensas. Si el instrumento contribuye a responder a estas cinco preguntas, será posible establecer nexos más sutiles entre: 1) defensa y erogeneidad, 2) defensa y estructuras psicopatológicas, 3) defensa y evaluación del tratamiento, y 4) defensa y problemas clínico-técnicos.

            La exposición que sigue tiene un recorrido algo extenso. Comienzo con una tentativa de investigar y agrupar las defensas a partir de criterios psicopatológicos. Luego pretendo crear hipótesis-puente entre las categorizaciones de las defensas y las manifestaciones discursivas (sobre todo recurriendo a la teoría psicoanalítica de las erogeneidades, de las pulsiones sexuales y su expresión en el relato). Por fin expongo mi propuesta instrumental, es decir, el método que he diseñado para investigar la defensa central, su estado, sus combinaciones y sus cambios en el proceso analítico. Quizá como un aliciente para que el lector emprenda el recorrido que le propongo, deseo agregar un comentario. Se ha enfatizado últimamente el hecho de que es necesario tomar en cuenta la posición subjetiva del paciente y sus cambios. Sin embargo, no se ha descrito de un modo sistemático en qué consisten ni dicho posicionamiento ni sus cambios. Considero que investigar la defensa en el discurso constituye, precisamente, el modo de detectar dicho posicionamiento en toda su complejidad, con sus jerarquías, sus múltiples detalles y sus sutiles modificaciones.

 

II. Inventario y agrupamiento de las defensas

Desarrollos de instrumentos: enfoque crítico

            La conexión entre las hipótesis teóricas sobre la defensa, las investigaciones psicopatológicas y los estudios de las manifestaciones constituye un problema central en el terreno de la metodología de la investigación. Considero que este nexo puede establecerse en torno del análisis del discurso del paciente, y en particular su relato.

            En este punto nos topamos con algunas propuestas de investigación de las defensas que consideran el discurso del paciente. Estas propuestas contienen: 1) un inventario de los mecanismos, 2) una definición de cada uno de ellos, 3) un ejemplo de cómo este se presenta en el lenguaje del paciente, 4) una explicación de cómo diferenciarlo de otros afines, 5) una escala de evaluación (“mínima”, “máxima”, con grados intermedios), con los ejemplos correspondientes, 6) en algunas ocasiones, un agrupamiento de varios mecanismos en clusters, según criterios de clasificación de tipo psicopatológico.

Se han propuesto al respecto varios listados de las defensas. Entre estos figuran el del DSM III R, el de Perry, el de Jacobson et al., el de Vaillant, todos ellos reunidos en Vaillant et al., (1992).Los estudios más refinados incluyen una treintena de defensas, entre funcionales y patógenas. Cuando existe un criterio para agruparlas, este se centra en las categorías psicopatológicas. Estas propuestas constituyen un paso adelante. Entre sus ventajas se hallan el haber definido y ejemplificado las defensas, el haber diferenciado defensas afines, el haberlas agrupado en clusters a partir de criterios que enfocan en las estructuras clínicas, el haberse centrado en el estudio de las manifestaciones de los pacientes en sesión. Se han realizado además pruebas de confiabilidad y validez, que constituyen otro avance de importancia. Pese a ello, tales propuestas conducen a plantear diferentes problemas en relación con la teoría y con los hechos clínicos.

Un primer problema consiste en la falta de nexo con las hipótesis metapsicológicas, en las que la teoría de la defensa se enlaza con la de la pulsión. Un segundo problema consiste en que algunos autores incluyen en el inventario de las defensas a ciertas manifestaciones que más bien son el efecto de ellas, como la hipocondría y el fantaseo. La hipocondría es, al menos para Freud (1914c), el efecto del repliegue narcisista vuelto tóxico, seguramente porque se mantiene una defensa que retrae al yo del mundo exterior. El fantaseo tiene un valor similar: deriva del repliegue de la libido desde la exterioridad al mundo interior, como consecuencia de la defensa (en este caso, represión). En ambas situaciones la libido se ha retirado del mundo como parte del proceso defensivo. Pero en una ocasión (hipocondría) se ha retirado también de las representaciones inconcientes y ha investido al yo y en el otro (fantasía) la libido recae sobre las representaciones preconcientes, sin que se haya desinvestido la representación inconciente (1924e). El primer tipo de desinvestidura constituye una retracción narcisista, y el segundo, una introversión de la libido.  En ambas ocasiones las manifestaciones son efecto de las defensas. Puede ocurrir además que dichas manifestaciones sean empleadas por la defensa para alcanzar sus objetivos, pero igualmente no son en sí mismas defensas.

Un tercer problema consiste en las categorías psicopatológicas que determinan el agrupamiento de las defensas en clusters. En efecto, los autores de estos métodos recurren a una categorización de las estructuras clínicas en grupos que no se atiene a criterios teóricos, sino descriptivos. La diferenciación (Vaillant, 1992) entre defensas psicóticas, inmaduras, neuróticas y maduras es, en el conjunto, la más cercana a la categorización psicoanalítica, aunque no coincide totalmente con ella.

Un cuarto problema reside en que muchas defensas, sobre todo proyección e identificación, pueden participar de varios de los clusters. Este problema podría resolverse si se aclarara cuál es la defensa dominante en cada cluster. En tal caso, no habría inconveniente en incluir, por ejemplo, la proyección en varios clusters: represión, desmentida, entre otros. Pero este ordenamiento interno en cada cluster, en que se privilegia una defensa como la organizadora del conjunto, no está realizado. No se resuelve el problema de la defensa hegemónica apelando a la adjudicación de puntajes, ya que, en el terreno de la manifestación, una defensa cualquiera (por ejemplo, identificación) puede tener un valor muy alto, pero, desde el punto de vista estructural, es a su vez derivada de otra (por ejemplo, la represión), menos notable pero de mayor peso en la determinación sintomática. Es que una cosa es establecer las jerarquías desde el punto de vista de las manifestaciones, y otra es hacerlo desde el punto de vista de las estructuras.

            Un quinto problema consiste en que estos métodos no contemplan la posibilidad de detectar si la defensa ha tenido éxito o ha fracasado. El tema tiene su importancia, ya que por ejemplo para Freud (1915d) un síntoma neurótico es consecuencia no de la represión sino de su fracaso.

Así, pues, si bien estas propuestas constituyen un avance notable, presentan diferentes dificultades en cuanto a la validez, tanto teórica cuanto empírica: 1) no toman en consideración el nexo entre defensa y pulsión, 2) consignan como defensas a ciertas manifestaciones que más bien son efectos o recursos empleados, por estas, 3) se basan en categorizaciones psicopatológicas discutibles 4) incluyen clusters sin que se establezcan diferencias a partir de una defensa hegemónica, , 5) no detectan sí la defensa es exitosa o ha fracasado.

            Con todo, las críticas no objetan el núcleo de la propuesta instrumental. Sobre todo queda indemne la estrategia: 1) el inventario de los mecanismos, 2) la definición de cada uno de ellos, 3) el ejemplo de cómo se presentan en el discurso, 4) una explicación de cómo diferenciarlo de otros afines, e inclusive 5) el agrupamiento en clusters. La propuesta que habremos de desarrollar a continuación, más que una tentativa de sustituir al instrumento ya existente, pretende complementarlo, agregando 1) algunos retoques al inventario, 2) una categorización de las estructuras de origen freudiano para realizar a partir de ella el agrupamiento de las defensas, 3) la jerarquización de un mecanismo dominante en cada cluster, 4) diferenciaciones de otro orden entre defensa normal y patógena, 5) la detección del éxito o fracaso de la defensa, 6) la detección de la defensa central dominante en cada ocasión. Como se advierte, el método que propongo difiere de los ya desarrollados, en buena medida porque parte de otra perspectiva y se formula otros interrogantes, sobre todo los que llevan a estudiar la defensa central en una estructura, esa que diferencia a una neurosis de transferencia de una psicosis, por ejemplo. Pese a ello, es posible realizar articulaciones entre mi enfoque y los métodos ya expuestos, punto que retomo más adelante.

 

Inventario y agrupamiento de las defensas

Considero que, para determinar el número de las defensas, los clusters y las jerarquías internas de los mecanismos, un buen criterio es partir de la categorización de las estructuras psicopatológicas. Existe un grupo principal de tales estructuras y otro derivado. En el central incluimos: 1) neurosis de transferencia, 2) caracteropatías narcisistas no psicóticas, 3) psicosis, 4) patologías tóxicas y traumáticas. Como derivadas, ubicamos las caracteropatías histéricas, fóbicas y obsesivas (en las cuales un síntoma neurótico se combina con un rasgo de carácter derivado de una fijación pulsional sádico anal secundaria, fálico uretral o fálico genital), las caracteropatías psicóticas (en las cuales una alucinación o un delirio se combina con una alteración del carácter derivada de la fijación pulsional oral primaria, sádico oral secundaria y sádico anal primaria) y las caracteropatías sobreadaptadas (en las cuales un rasgo de carácter derivado de la fijación en el erotismo intrasomático se combina con algún rasgo indicador de una condición tóxica transitoria). En todas estas caracteropatías se da una identificación con un objeto decepcionante, y en casi todas (salvo la caracteropatía psicótica) una desmentida secundaria a los mecanismos centrales. Existe otro derivado de la neurosis de transferencia: las psicosis (o locuras) histérica, fóbica y obsesiva. Entre ellas prevalece la desestimación de la realidad por culpa.

En consecuencia, propongo el siguiente agrupamiento de las estructuras clínicas:

I: Neurosis de transferencia. Caracteropatías derivadas. Psicosis derivadas

II: Caracteropatías narcisistas no psicóticas

III. Psicosis. Caracteropatías derivadas

IV: Patologías tóxicas y traumáticas. Caracteropatias derivadas.

            Sé que existen otras categorizaciones de las estructuras clínicas, algunas de ellas influidas por la psiquiatría o por un enfoque fenomenológico (tipo DSM IV). La que expuse se atiene más a las propuestas de Freud (1924b), a sabiendas de que algunas patologías (como el enamoramiento del propio órgano enfermo) requieren de una teorización más refinada. Pero tales patologías son no solo más raras (este no es un argumento para no considerarlas en la categorización precedente) sino también y sobre todo derivadas de las derivadas (y este sí es un argumento para no considerarlas en dicha descripción). En cuanto a las patologías autistas, propongo reunirlas con las neurosis tóxicas y traumáticas.

Cabría formular otra objeción, ya que por este medio no se podría considerar (aparentemente) a las defensas funcionales, no patógenas. Sin embargo, afirmo que son las mismas que las patógenas, pero que, a diferencia de estas, no implican una tendencia a detener o hacer retroceder una complejización psíquica creciente. Reconsideremos, pues, a partir de este agrupamiento de las estructuras clínicas, qué ocurre con los clusters de las defensas patógenas.

Cada cluster posee defensas comunes y otras diferenciales, que pasaremos a exponer. Hemos afirmado ya que en las neurosis de transferencia (histerias de conversión y de angustia y neurosis obsesivas) predomina la represión; en las estructuras narcisistas no psicóticas (caracteropatías trasgresoras y perversas, caracteropatías depresivas y caracteropatías esquizoides) prevalece la desmentida; en las psicosis (paranoia, melancolía, esquizofrenia), la desestimación de la instancia paterna y habitualmente también de la realidad; en las neurosis tóxicas (afecciones psicosomáticas, adicciones) y traumáticas, por fin, tiene hegemonía la desestimación del afecto (ver cuadro I).

 

Cuadro I

Estructuras

Neurosis de transferencia

Caracteropatías narcisistas no

 psicóticas

Psicosis

Patologías tóxicas y traumáticas

Componentes

Histeria de conversión

Histeria de angustia

Neurosis obsesivas

Caracteropatía trasgresora o

perversa

Caracteropatía depresiva

Caracteropatía esquizoide

Paranoia

Melancolía

Esquizofrenia

Adicciones, afecciones psicosomáticas

Neurosis traumáticas

Defensa central

Represión

Desmentida

Desestimación de la realidad y de la instancia paterna

Desestimación del afecto

 

Advertimos que las defensas ya mencionadas son comunes a varias estructuras clínicas. Si bien obtenemos así cierta claridad, no logramos dar cuenta de las diferencias entre, por ejemplo, las neurosis de transferencia, y lo mismo podemos decir de las restantes subcategorizaciones dentro de cada estructura global. Además de los cuatro mecanismos ya considerados (represión, desmentida, desestimación de la realidad y de la instancia paterna, desestimación del afecto), que permiten diferenciar entre estructuras de un modo grueso, otros dos factores dotan de rasgos distintivos, más finos, a ciertas configuraciones. Tales factores son 1) las fijaciones pulsionales (que se convierten en puntos a los cuales la erogeneidad y/o el yo, como lenguaje de pulsión, regresan en el proceso defensivo) y 2) las defensas que complementan a las básicas. Respecto de las fijaciones pulsionales, podemos establecer algunos de sus nexos con las defensas genéricas ya mencionadas (Cuadro II).

 

Cuadro II

Erogeneidad

LI

O1       O2      A1

A2       FU     FG

Defensa

Desestimación del afecto

Desmentida

 

Desestimación de la realidad y de la instancia paterna

Represión

 

            También podemos establecer nexos entre fijaciones pulsionales, defensas y estructuras (Cuadro III).

 

Cuadro III

 

Estructura

Histeria de

conversión

Histeria de angustia

Neurosis obsesiva

Caracteropatía esquizoide

Caracteropatías depresivas

Caracteropatía

trasgresora

Paranoia

Erogeneidad

FG

FU

A2

O2

O1

A1

A1

Defensa

Represión

Represión

Represión

Desmentida

Desmentida

Desmentida

Desestima-ción de la

realidad y de

la instancia

paterna

 

 

Estructura

Melancolía

Esquizofrenia

Patologías

tóxicas

y traumáticas

Erogeneidad

O2

O1

LI

Defensa

Desestimación de la realidad y de la instancia paterna

Desestimación de la realidad y de la instancia paterna

 

Desestimación

del afecto

 


            Hasta aquí consideramos los nexos entre defensas centrales y erogeneidades (fijaciones pulsionales). Pero al conjunto es necesario agregar otro factor que contribuye a diferenciar entre las estructuras clínicas: las defensas complementarias de la central.

Estos mecanismos complementarios, desarrollados en alguno de los yoes (yo real primitivo, yo placer purificado, yo real definitivo), pueden ser normales o patógenos. Pueden funcionar sea para reforzar la defensa central, sea para dar paso al retorno de lo sofocado. De hecho, estos mecanismos son destinos de pulsión, son modos de procesamiento de una erogeneidad específica en una estructura yoica igualmente específica, y tienen un carácter diferencial. He aquí el conjunto de defensas por erogeneidad (Cuadro IV):

 

Cuadro IV

LI

O1

O2

A1

A2

FU

FG

-regresión pulsional

-regresión yoica

-introyección orgánica

-incorporación

-proyección orgánica

-expulsión

-identificación adhesiva

-regresión pulsional

-regresión yoica

-escisión intracanal

-proyección

-introyección

-identificación

-trasformación en lo contrario

-vuelta contra la propia

persona

-mimetismo

-regresión pulsional

-regresión yoica

-escisión yoica

-introyección

-identificación

-proyección

-transformación en lo contrario

-vuelta contra la propia

persona

-regresión pulsional

-regresión yoica

-escisión yoica

-introyección

-identificacion

-proyección

-trasformación en lo contrario

-vuelta contra la propia

persona

-regresión pulsional

-anulación

-aislamiento

-formación reactiva

-control

-sofocación del afecto

-regresión yoica

-desplazamiento

-proyección

-evitación (inhibición)

-regresión yoica

-represión del superyó

-identificación

-condensación

 

Esta exposición requiere de otros comentarios. Se advierte que mientras que los lenguajes del erotismo LI, O1, O2 y A1 tienen varios mecanismos en común, los restantes tienen una variedad de defensas diferenciales. Ello deriva de la mayor riqueza de recursos de que dispone el yo real definitivo. En cuanto a las defensas propias del lenguaje del erotismo intrasomático, son desarrolladas por el yo real primitivo. Si bien podemos ubicar a estas defensas en el marco de la trasformación en lo contrario y la vuelta contra la propia persona, los mecanismos involucran la alteración orgánica, y no tanto un mundo simbólico. Se trata de un terreno menos conocido, por lo cual prefiero explayarme algo más al respecto. Freud supone que existe una proyección intracorporal. Así, la tensión de necesidad se proyecta en la zona erógena (Freud, 1905d). Este camino puede recorrerse en sentido inverso, es decir, desde las zonas erógenas hasta las fuentes pulsionales de las necesidades (digamos desde los labios al estómago). Esto es lo que ocurre en las afecciones psicosomáticas. El mecanismo entonces es la introyección orgánica. La incorporación, en cambio, implica introducir en el organismo alguna sustancia que altera la fuente pulsional. Así ocurre en muchas adicciones. También merece alguna aclaración el mecanismo de escisión intracanal, inherente al lenguaje del erotismo oral primario. Un trabajo yoico propio de la tramitación de este erotismo consiste en alcanzar la convergencia de diferentes receptores de un mismo canal sensorial (por ejemplo, los dos ojos). Una defensa puede consistir entonces en mantener la divergencia ocular o en retornar a ella, con lo cual un sector del yo (por ejemplo, el ojo desviado) desconoce la realidad. Respecto a la identificación y la proyección, que he incluido en las listas de varios lenguajes del erotismo, las diferencias residen en el tipo de personaje con el cual el yo establece el vinculo (identificatorio o proyectivo). Tal personaje y el yo se hallan en una relación de duplicación: o bien el yo tiene un doble, o bien es un doble de otros; y la tramitación de cada erogeneidad conduce a crear un tipo diferente de doble.

Este agrupamiento de las defensas por erogeneidad no abre juicio acerca del carácter patógeno o funcional de cada mecanismo. En buena medida podemos decidir sobre esta cuestión si tomamos en cuenta la relación entre esta defensa y una que en cada estructura es hegemónica, y que a su vez tiene o no un carácter patógeno. Si una defensa cualquiera está al servicio del reforzamiento de un mecanismo patógeno central, o al servicio del retorno de lo rechazado por ese mecanismo central, entonces dicha defensa es también patógena.

            Las combinatorias entre erogeneidades y defensas implica además un proceso más complejo que puede dar origen a estructuras derivadas de las centrales. El erotismo fálico genital se combina con la represión, la regresión yoica, la represión del superyó, la condensación y la identificación, proceso que puede culminar en un síntoma histérico. Si a ello se le agregan una desmentida (secundaria) y ciertas identificaciones que generan alteraciones yoicas (rasgos patológicos de carácter), nos hallamos en el terreno de las caracteropatías histéricas. Y si a este conjunto se le agrega además la desestimación de la realidad por culpa, nos encontramos con una psicosis histérica. Del mismo modo podemos considerar el nexo entre las otras erogeneidades y defensas. A partir de estas hipótesis es posible dar nuevos pasos para establecer nexos entre defensas y manifestaciones.

 

III. Hipótesis-puente

Defensa y relato

Hemos establecido nexos más refinados y específicos entre erogeneidades y defensas (como lenguajes de la pulsión en el yo). La argumentación ha sido trabajosa, en buena medida por falta de acuerdos preexistentes entre los psicoanalistas en torno del número y las relaciones entre las defensas intervinientes en cada estructura clínica. Aún así, es preciso proseguir con nuestro proyecto.

            Parece fundamental prestar ahora atención al relato. Desde esta perspectiva la hipótesis antes expuesta, referida a la defensa como destino de pulsión, resulta orientadora. En efecto, parece un requisito establecer primero el nexo entre pulsión (sexual) y relato para luego estudiar los distintos destinos (represión, por ejemplo) de aquella. En el nivel del relato, podemos decir que la pulsión sexual se ha traspuesto en lenguaje, hipótesis que presentamos, según ya lo indicamos, como lenguaje del erotismo. Las siete erogeneidades antes descritas pueden expresarse entonces como lenguaje, y en el plano del relato, como secuencias narrativas prototípicas. En cada relato prototípico como expresión de la erogeneidad distingo cinco escenas. Dos son estados (inicial y final) y tres son trasformaciones (despertar del deseo, tentativa de consumarlo, consecuencias de ello). He expuesto y justificado esta categorización, tanto desde el punto de vista metapsicológico cuanto desde la perspectiva metodológica, en otros textos (Liberman y Maldavsky, 1975, Maldavsky, 1968, 1976, 1980, 1986, 1990, 1992, 1993, 1995a, 1995b, 1997, 1998a, 1998b, 1999, 2001a, Maldavsky et al. 2000, Maldavsky et al. 2001). Esta sistematización conduce a una categorización de los relatos (ver Cuadro V). Solo puedo agregar aquí que, en la tercera transformación y en el estado final se consignan dos alternativas, una eufórica y otra disfórica, cuyo valor se advertirá luego. Es frecuente que en un análisis concreto hallemos solo fragmentos de algunos de los relatos prototípicos, a veces multiplicados, así como inversiones o supresiones. También hallamos mezclas entre diferentes relatos prototípicos.

 


Cuadro V: Esquema de las escenas inherentes a las secuencias narrativas de cada lenguaje del erotismo

 

     EROTISMO

 

ESCENA

FALICO GENITAL

FALICO URETRAL

SÁDICO ANAL

SECUNDARIO

SÁDICO ANAL

PRIMARIO

SÁDICO ORAL

SECUNDARIO

ORAL

PRIMARIO

LIBIDO

INTRASOMATICA

Estado inicial

Armonía estética

Rutina

Orden jerárquico

 

Equilibrio jurídico  natural

Paraíso

Paz cognitiva

Equilibrio de

tensiones

Primera  trasformación: despertar del deseo

Deseo de

completud estética

Deseo ambicioso

Deseo de dominar a un objeto en el marco de un juramento público

Deseo justiciero

Tentación.

 

Expiación

Deseo cognitivo abstracto

Deseo especulatorio

Segunda trasformación: tentativa de consumar el deseo

Recepción de un

don-regalo.

Encuentro con una

marca paterna en el fondo del

objeto

Discernimiento de que el objeto es

fiel a sujetos

corruptos

Venganza

 

Pecado

 

Reparación

Acceso a una

verdad

Ganancia de goce por la intrusión orgánica

Tercera trasformación: consecuencias de la tentativa de consumar el deseo

Embarazo

 

 

Desorganización estética

 

Desafío aventurero

 

Desafío  rutinario

 

 

 

Reconocimiento por su virtud

 

Condena social y

expulsión moral

 

 

Consagración y

reconocimiento del

liderazgo

 

Impotencia motriz, encierro y

humillación

 

Expulsión del

Paraíso

 

 

Perdón y

reconocimiento

amoroso

Reconocimiento de la genialidad

 

Pérdida de

lucidez para el

goce cognitivo

ajeno

Euforia orgánica

 

 

 

Astenia

 

Estado final

Armonía compartida

 

Sentimiento duradero de

asquerosidad

Aventura

 

Rutina pesimista

 

Paz moral

 

Tormento moral

Evocación del pasado heroico

 

Retorno a la paz natural

 

Resentimiento duradero

Valle de lágrimas

 

 

Recuperación del paraíso

Goce en la revelación

 

Pérdida de la esencia

Equilibrio de

tensiones sin

pérdida de energía

 

Tensión o astenia

duradera

Es tiempo de detenernos nuevamente, ahora para reunir las hipótesis expuestas hasta aquí, sobre todo las que nos permiten conectar la teoría de la defensa con las manifestaciones. Como las defensas son destinos de pulsión, ellas mismas son también parte del lenguaje de la erogeneidad. A cada erogeneidad le corresponde un conjunto de defensas. Algunas son comunes a varias erogeneidades. En cambio, otras defensas son inherentes a una erogeneidad en particular. También los relatos son expresiones de la erogeneidad en el lenguaje. Las defensas y los relatos son formas diferenciales en que el yo da cabida psíquica a una erogeneidad. Contamos pues con 1) un inventario de las defensas dominantes y de las complementarias en cada lenguaje del erotismo, 2) una grilla de las escenas en los relatos por lenguaje del erotismo. De la unión entre 1 y 2 podemos obtener conclusiones acerca de las defensas dominantes en cada relato. En efecto, cada relato es indicio de un grupo específico de defensas. Sin embargo, por este medio no podemos decidir ni 1) si tales defensas son normales o patógenas, ni 2) si, siendo patógenas, han tenido éxito o han fracasado. En efecto, el establecimiento de este tipo de nexos permite crear ciertos ordenamientos en la investigación, ya que si los análisis de los relatos orientan en determinada dirección en cuanto al lenguaje del erotismo, al mismo tiempo cabe suponer que aparecerán las defensas que le son inherentes. Estos relatos pueden ensamblarse con ciertas defensas, como la represión, la desmentida, las desestimaciones, así como con las defensas complementarias de estos mecanismos centrales. Pero se hace necesario dar nuevos pasos metodológicos para decidir si la defensa es normal o patógena. Respecto de este problema considero que la clave la hallamos en la posición del relator. En efecto, sostengo que, si el relato es testimonio de la erogeneidad, la posición del relator en las escenas que describe es indicio de la normalidad o la patología de la defensa.

Estudiar la defensa tomando en cuenta las posiciones que en un relato puede tener quien narra exige además contar con una sistematización. Esta debe contener una categorización no solo de las escenas (como la ya expuesta) sino además de las posiciones posibles en dichas escenas, ya que son dichas posiciones las que distinguen las defensas. Tales posiciones pueden ser categorizadas según las hipótesis de Freud (1914c, 1919h, 1921c). En síntesis, las posiciones son las de modelo (M), objeto (O), rival (R), ayudante (A), sujeto (S) y doble idéntico (DI).

Esquemáticamente, contamos con esta presentación:

 

                        M

                        S (DI) O R

                        A

 

            Vale decir, el sujeto (quien es activo según su deseo) posee un modelo o ideal, un objeto de deseo, un rival y ayudantes, así como sus dobles. Pero también el objeto y el rival poseen sus dobles, sus modelos y ayudantes, de modo que obtenemos este resultado más complejo.

 

                        M                     M                     M

                        S (DI)              O (DI)              R (DI)

                        A                     A                     A

 

            En el lenguaje del erotismo fálico genital, por ejemplo, quien hace de centro en una fiesta se coloca en la posición de sujeto, y quienes operan como adornos son sus ayudantes. Una amiga íntima estrechamente ligada al éxito de la fiesta puede hacer de doble, la madre de la festejada, de modelo o ideal, y el galán que seducido le regala una alhaja o un ramo de flores se coloca como objeto, mientras que quien se ubica como aguafiestas opera como rival. Tanto el objeto cuanto el rival poseen además modelos, dobles y ayudantes. Por ejemplo, la alhaja que regala el galán opera como ayudante del objeto. Importa saber si quien hace de sujeto expande sus encantos a los ayudantes o los deja sumidos en un sentimiento de inferioridad, de repugnancia, así como importa saber si quien opera como ayudante (adorno) se siente identificado con la armonía de conjunto o siente que esta se logra a su costa. Igualmente, importa saber si quien tiene el deseo de identificarse con el sujeto (el que hace de centro y se luce) logra su propósito (y opera como doble del sujeto) o si, por el contrario, alguna torpeza malogra su esfuerzo. El sujeto, su modelo, sus ayudantes y sus dobles son posiciones que en el relato evidencian a las defensas no patógenas, mientras que quien intenta identificarse con el sujeto y no lo logra manifiesta la eficacia de la represión y su fracaso (como en las neurosis de transferencia) y quien se ubica como rival derrotado, como modelo, ayudante o doble de este, ponen en evidencia una desmentida secundaria a la represión, como en las caracteropatías histéricas.

Un esquema similar (en que participa un sujeto, un objeto y un rival, cada uno con sus modelos, ayudantes y dobles) es apto para considerar el relato de otros dos lenguajes del erotismo: el fálico uretral y el sádico anal secundario, con sus correspondientes adaptaciones. Por ejemplo, en el lenguaje del erotismo sádico anal secundario la armonía estética queda relevada por el orden jerárquico para dotar de coherencia a un grupo. Pero estas diferencias dejan intacta la estructura global recién expuesta.

En cambio, en los otros cuatro lenguajes del erotismo (intrasomático, oral primario, sádico oral secundario, sádico anal primario) este esquema no resulta válido, ya que en ellos el mundo del objeto no tiene prácticamente relevancia. Vale decir, el vínculo involucra posiciones más ligadas al ser, a la identificación. El modelo es un doble ideal (lo que yo seré), los ayudantes, un doble anterior (lo que yo fui), los rivales, un doble hostil. A su vez, el sujeto y su rival tienen también dobles idénticos.

            Para el lenguaje del erotismo oral primario, por ejemplo, el sujeto accede a un nexo con una clave abstracta y obtiene así la consagración por parte de un modelo o ideal. Para alcanzar esta meta se valió de ayudantes (telescopio, computadora) que aplicó a una realidad (por ejemplo, un planeta de otra galaxia), y de allí extrajo su conclusión. Algunos personajes operan como dobles del genio recién descrito, y otros como ayudantes. Resulta clave si estos son reconocidos por el genio o si este solo los emplea y luego los desecha. Quien en el relato ocupa el lugar del genio evidencia una defensa no patógena, quien se identifica como rival o como plagiario del sujeto recurre a la desmentida, y por fin quien ocupa el lugar de instrumento o de objeto (luego desechados) para el acceso a la clave abstracta pone en evidencia el desarrollo de la desestimación y su fracaso.         

 

IV. Propuestas instrumentales

Detección de las defensas normales y patógenas

Con estas hipótesis mediadoras y los correspondientes ejemplos introductorios estamos en mejores condiciones de estudiar las defensas en el nivel del lenguaje. En efecto, la hipótesis de Freud de que en las neurosis se reprime un componente perverso puede presentarse en el discurso, sobre todo en el relato, como una pugna entre lenguajes del erotismo. Por un lado, se halla el fálico genital, el fálico uretral o el sádico anal secundario (o una combinación de estos) y por el otro el lenguaje del erotismo sádico anal primario, representante precisamente de dicho fragmento perverso, trasgresor. Este erotismo sádico anal primario puja por irrumpir y desquiciar (aguafiestas) un proyecto de completamiento estético (cuando prevalece el lenguaje del erotismo fálico genital), de mantenimiento de la dignidad (cuando predomina el lenguaje del erotismo fálico uretral) o de respeto del orden y las jerarquías (cuando es hegemónico el lenguaje del erotismo sádico anal secundario).

Del mismo modo, cuando predomina la desmentida (imbricada con el lenguaje del erotismo sádico oral secundario), como en las caracteropatías depresivas, en las que solemos advertir un relato centrado en la aspiración sacrificial, aquello a lo que el yo (placer purificado) pretende renunciar es un deseo inherente a un lenguaje del erotismo fálico genital, fálico uretral o sádico anal secundario. Entonces, la aparición, en un sector del relato, de un personaje que exprese, por ejemplo, al lenguaje del erotismo sádico anal secundario, revela a menudo a una corriente psíquica que pone coto a la aspiración sacrificial antedicha y al mecanismos subyacente, la desmentida. Con estos ejemplos nos aproximamos a un estudio más detenido de las posiciones del hablante en los relatos como expresión de una defensa. Dicho estudio requiere de mayores precisiones, las cuales pueden ordenarse en torno de la consideración de las escenas del relato para cada lenguaje del erotismo. Tales posiciones permiten detectar si la defensa central (represión, desmentida, desestimación) tiene carácter normal o patógeno.

 

Represión

Comenzaré por presentar un panorama de las ensambladuras defensivas más corrientes en las que participa la represión. Esta defensa puede ser exitosa o fracasar. Si fracasa, suele dejar paso al retorno de lo reprimido. Las vías para este retorno de lo reprimido suelen incluir nuevos procesos defensivos, como la regresión yoica, la identificación y la condensación, en la histeria de conversión. También incluye un cambio de orientación de la represión misma, que pasa a oponerse al superyó (sádico): según Freud (1923b), por ello en la histeria el sentimiento de culpa no resulta evidente. Otra vía para el retorno de lo reprimido puede incluir el desplazamiento y la proyección, como cuando se desarrolla una fobia, con la evitación consecuente. Hasta ahora nos referimos a los principales mecanismos intervinientes al servicio del retorno de lo reprimido. Pero existen otros que refuerzan la represión: regresión pulsional, anulación, aislamiento, formación reactiva, supresión del afecto, como lo advertimos en las neurosis obsesivas. También contamos con la inhibición, sobre todo como complemento de la represión, en las histerias de angustia.

Además, la tramitación (destino) de la pulsión puede comenzar por la represión y algunas defensas complementarias, de lo cual puede resultar un síntoma neurótico. Pero en ocasiones el procesamiento de la pulsión no termina allí, sino que conduce a una alteración yoica (patógena o no), como ocurre con los rasgos de carácter. En ocasiones el proceso termina en una caracteropatía (histérica, fóbica, obsesiva), cuando el rasgo de carácter deriva de una identificación con un objeto decepcionante y se acompaña de una desmentida secundaria. A veces el proceso patógeno avanza un paso más, y conduce a un desenlace severo, como el de las psicosis o locuras histéricas, fóbicas u obsesivas, en las cuales intervienen nuevos mecanismos eficaces (sobre todo desestimación de la realidad por culpa). Las erogeneidades implicadas en estos procesos pueden ser, como ya indicamos, la fálico genital, la fálico uretral o la sádico anal secundaria.

Podemos dotar de más “encarnadura“ a este modelo abstracto, del que hasta aquí hemos dado unos escuetos ejemplos. Para ello, consideraremos escenas propias de cada lenguaje del erotismo a partir de la categorización de los relatos sintetizadas poco antes. Ya destaqué que en el lenguaje del erotismo fálico genital una escena prototípica es la de una ensambladura estética, armónica, entre elementos heterogéneos. Tal configuración queda amenazada en su armonía, o inclusive desarmada, por la acción de personajes hostiles, envidiosos, vengativos. Esta es la forma en que se plasma la relación conflictiva entre el erotismo dominante, fálico genital, y una pulsión parcial no fácil de incluir en el conjunto, el erotismo sádico anal primario. Pues bien, en el relato puede presentarse la escena de una configuración estética grupal lograda (en una fiesta, por ejemplo) en la cual hasta tiene cabida un personaje hostil que aporta algunos elementos disonantes que pasan a integrarse en el conjunto. El relator se ubica entonces como uno de los participantes que precisamente había estado preocupado por el éxito de la reunión y había contribuido con sugerencias y acciones al bienestar del conjunto, de lo cual luego se congratula con agrado. En este relato el lenguaje del erotismo fálico genital va acompañado de una inhibición funcional del fragmento hostil.

            Pero también puede ocurrir que la configuración estética se arruine; por ejemplo, que una paciente relate que en una fiesta para la cual se había preparado esmeradamente, derramó por accidente un vaso de vino sobre su vestido blanco. Se sintió una idiota, opinión que mantiene mientras relata la escena. Cuando se la invita a relacionar lo ocurrido con otros sucesos, recuerda que un rato antes había visto a una mujer mayor, parecida a su suegra, con la misma expresión, malhumorada, acusatoria y tensa, que esta tenía cuando se encontraban. Su suegra siempre prefirió que el hijo (esposo de la paciente) se casara con una joven muy agraciada, que también estaba presente en la fiesta. La paciente pensaba a veces que ambos eran amantes. Había olvidado el episodio, y al recordarlo dice intuir que hay un nexo entre este y su accidente, que no alcanza a captar. Este relato pone en evidencia el trabajo de la represión y de su fracaso, con el consiguiente retorno de lo sofocado en la acción sintomática. Esta acción arruina el desarrollo de la frase de promesa.

            Veamos ahora otras alternativas. Una paciente muy hermosa y egoísta utiliza a sus hijas como adornos embellecedores del conjunto en reuniones sociales, gracias a lo cual pretende disfrazar su origen vergonzante (por ejemplo, un padre humilde y una madre borracha). Pero alguna de sus hijas, ya púber, sabotea su proyecto y la calumnia en público, con lo cual pone en evidencia sus fallas. La joven ha sido instigada por una tía (hermana de la madre de la paciente), una mujer vengativa, estéril, solterona y notablemente fea, tanto como la hija que desata el escándalo. Quien en un relato se ubica en la posición de esta paciente, y quien se coloca en el lugar de su hija (incluso la de la tía solterona), pone en evidencia tanto la eficacia de las identificaciones que generan rasgos de carácter cuanto la labor de una desmentida del origen y de la castración, así como la claudicación de las defensas y el retorno de lo sofocado, sobre todo en quien ocupa el lugar de la madre. Ubicarse en tales lugares en un relato es propio de las caracteropatías histéricas.

            Una nueva variante en el relato revela el aporte de otras defensas. Puede ocurrir, en efecto, que en el arruinamiento de una fiesta como el recién descrito, por la acción de una hija fea y envidiosa, las cosas lleguen a mayores, y el episodio acabe en una escena que tiene como protagonista a la madre y/o la hija, y que incluye gritos descontrolados, convulsiones que evocan las crisis epilépticas, visiones alucinatorias aterradoras y violentas. Si quien narra la escena se ubica en esta posición, pone en evidencia la eficacia de la desestimación (habitualmente por culpa) y su fracaso, propia de las psicosis histéricas.

            Este mismo modelo permite detectar la eficacia de la defensa cuando prevalece el lenguaje del erotismo fálico uretral. Consideremos una escena prototípica, como la de la rutina. En las frecuentes reuniones entre amigos, en un espacio cerrado, algún personaje logra sustraerse de la mediocridad competitiva y se atreve a desafiar los peligros exteriores, pese a su angustia, la malevolencia del grupo de pares y las profecías de un augur poderoso, dominante en el territorio. Sin embargo, cuando se halla ante la necesidad de decidir si avanza por un territorio inexplorado, atractivo pero enigmático, se detiene presa de angustia y desorientación, y luego huye. En cambio, su hermano que ha acompañado sus pasos, avanza pese a su temor y se interna en dicho espacio. Otro, que pretende emularlo, desarrolla en realidad una oscilación entre una hipertrofia competitiva solitaria y un retorno a la rutina, y en un cuarto, por fin, se incrementan hasta tal punto los rasgos timoratos que solo atina a encerrarse en su cuarto, donde lee con insistencia libros de viajes aventureros, con los cuales trata de recuperarse de la angustia que le despiertan imágenes que lo asaltan (que poseen un alto grado de realismo), en las cuales aparecen accidentes, casas en llamas y sobre todo cuerpos heridos, sangrantes.

            Aquellos que se ubican en la posición de quienes se apegan o bien a la rutina o bien a una hipertrofia competitiva solitaria ponen en evidencia una prevalencia de la desmentida (secundaria) y de las identificaciones propias de las caracteropatías fóbicas y contrafóbicas. Aquellos que se detienen en el avance hacia el territorio en el cual desean penetrar, manifiestan la eficacia de la represión del deseo ambicioso y su fracaso, mientras que en el que halla el modo de avanzar pese a la angustia se advierten los efectos de defensas no patógenas, que dan cabida a la hostilidad sin que se vuelva desestructurante de un proyecto ambicioso. También es notable la figura del personaje que hace de acompañante de quien tiene la iniciativa. Dicho personaje expresa una identificación con la posición ambiciosa ajena. Igualmente, importa el personaje que aparece ocupando el lugar de quien vaticina, en el cual puede desarrollarse la desmentida para sostener la propia omnipotencia (complemento del mantenimiento en la rutina) e inclusive la desestimación, en cuyo caso emergen profecías que se presentan como visiones aterradoras. También en el sujeto encerrado en su cuarto se advierte la desestimación (por culpa) de la realidad y su fracaso.

            Consideremos ahora una escena prototípica del lenguaje del erotismo sádico anal secundario, el juramento (jura de la bandera, jura al recibir el título universitario, primera comunión, bar mitzvá). Se trata de una ceremonia pública, que instaura un querer coincidente con un deber. En ella un personaje conductor, que representa a la tradición societaria, demanda a un protagonista, en el marco de un grupo de pares, que mantenga la fidelidad a ciertos principios y que no trasgreda determinadas normas. El juramento contiene pues un conjunto de órdenes positivas y negativas (prohibiciones), que quien se compromete acepta cumplir. Están presentes además ciertos personajes que podrán beneficiarse de alguna parte del juramento. Por ejemplo, algunas jóvenes atractivas que posen un origen y un pasado algo dudosos, a las cuales quienes juran podrían intentar rescatar de su condición. También entre quienes juran pueden hallarse algunos que manifiestan, de palabra o de hecho, que no están dispuestos a renunciar a ciertas prácticas que el líder les ha prohibido en su demanda pública. Como el líder (o alguien afín a él) capta tales intenciones impuras en algunos de los jóvenes del grupo que jura, puede ponerse cada vez más riguroso, exigente y sádico. Suele combinar esta postura con rasgos contrarios, centrados en la beatería, la prolijidad y el exceso de ceremoniosidad amable hacia quienes lo rodean. En algún otro personaje el sadismo hipercrítico, adusto y sombrío, puede exacerbarse en combinación con el desarrollo de un mundo de creencias supersticiosas que conduce a prácticas ritualizadas en las cuales tiene gran importancia el contacto con el espíritu de los muertos. Dicho personaje le otorga a este mundo de ultratumba un poder sobre la cotidianeidad en la que se halla inmerso, y cree que solo es posible controlar las catástrofes que sobrevienen por decisión de los fenecidos, gracias a un martirizante esfuerzo al que se somete y que impone también a los demás. Simultáneamente, alguno de los jóvenes, que mantiene el juramento con convicción, es asaltado por continuos pensamientos hostiles secreto